EPISODIO 01 · CAPÍTULO 01

Casa

Una lectura experimental por secciones

SECCIÓN I

La brisa fría de invierno entraba por la ventana derecha de los asientos traseros del taxi, adormeciendo el rostro del joven que sostenía un pequeño reproductor MP3 en su mano izquierda.

Los árboles deslizándose a lo largo del camino, el sonido constante de las llantas sobre la carretera e incluso el rugido del motor se desvanecían en el fondo, ahogados por Ordinary World, de Duran Duran que sonaba en sus audífonos. Sus ojos azul grisáceos, hundidos por ojeras persistentes, se sentían más pesados de lo normal.

El movimiento del taxi lo arrullaba lentamente. El momento se rompió cuando los audífonos fueron desconectados, y la música comenzó a sonar directamente desde la bocina del dispositivo.

“¿Sigues escuchando esa canción?” preguntó una voz femenina desde el asiento de en medio, con una naturalidad que no pedía permiso y con el conector de los audífonos en la mano.

“Estaba” respondió el joven, con una voz suave y cansada. “Es bonita…y triste”

“¿No se la dedicó a su novia cuando terminaron?” dejó el conector colgando del asiento.

“No” la mirada del joven seguía fija en el exterior. “El vocalista la escribió para un amigo que murió por sobredosis. Esta… y otras más.”

“Eso no tiene nada de bonito…” intentó ver el rostro del muchacho.

“Bueno, no en el sentido común” respondió tras una pausa. “Pero habla de seguir adelante… de aprender a vivir con eso. La letra y la música… hacen que se sienta real. Como si doliera, pero al mismo tiempo estuviera lejos.”

“Creo que quieres decir que es melancólica”

“Si, supongo que sí” su voz sonó un poco más ligera. “Un himno a la melancolía”

La joven volvió a su asiento al no lograr verle el rostro. El vehículo siguió avanzando por la estrecha carretera de dos carriles, ascendiendo y sorteando las curvas del camino.

Se adentraban cada vez más en el bosque, pero la altura aún permitía ver la ciudad: una vasta mancha de concreto y edificios extendida a lo largo del valle, cubierta por una capa blanca que reflejaba la misma tonalidad del cielo, dominado por nubes densas.

La noche prometía desatar una tormenta fuerte. Algo en el ambiente parecía tensarse con ella.

“¿Tienes hambre?” la ventana de la joven se empañó al hablar. “Mamá dijo que la cena estaría casi lista cuando lleguemos”

“No mucha. Pensaba subir a mi cuarto”

“No pienses en subirte a tu cuarto”

Ambos hablaron al mismo tiempo. La chica giró hacia él, y el joven hizo lo mismo. Los ojos de ella eran del mismo azul, pero con mucha más vida.

“Sé que estás cansado, pero mamá y papá quieren cenar con los dos” dijo con una voz suave, casi conciliadora.

“¿Madre y padre quieren…o tú quieres?” bajó la mirada hacia sus manos, apoyadas sobre sus piernas.

“Todos queremos cenar contigo.” colocó una mano en el hombro izquierdo del muchacho. “Y no les llames así, siguen siendo tus papás”

Hubo otra pausa más larga

“Cenemos juntos” el chico volvió a mirarla, pero su rostro seguía apagado.

“Gracias” respondió la joven con una sonrisa.

Por un instante, el joven sintió un leve tirón en la palma de su mano derecha, una molestia que se extendió hasta el hombro.

“¿Estás bien?” preguntó ella, con un deje de preocupación.

“Creo…es el frío” subió el cristal de la ventana.

“Esa caída del árbol de hace años aún te molesta. ¿No quieres que te revise un doctor?”

“Estoy bien” respondió el chico, pasando la mano izquierda sobre la cicatriz, intentando aliviar el dolor.

La joven no pareció convencida.

“Eres demasiado necio a veces, hermano”

“Igual que tú…hermana”

El vehículo había llegado a su destino; una casa de dos pisos se alzaba elegantemente en medio del frío bosque. La fachada, en tonos neutros entre beige y gris claro, reflejaba la luz pálida del atardecer sin esfuerzo, dándole una apariencia casi impecable. Un camino de piedra dividía el jardín frontal en dos mitades perfectas, guiando la vista directamente hacia la puerta principal; robusta, de madera oscura, enmarcada por un pequeño pórtico sostenido por columnas blancas.

A la izquierda, una ventana doble con las cortinas ligeramente abiertas dejaba ver el interior: la sala y la cocina, iluminadas por una luz cálida que contrastaba con el frío del exterior. Al fondo, la figura de una mujer, de espaldas, se movía con calma, ajena a la llegada.

Más arriba, en una de las ventanas del segundo piso, una luz permanecía encendida. Tras las cortinas, la silueta de un hombre alto se distinguía con claridad. La tela se movió levemente, la figura dio un vistazo al exterior y se regresó, desapareciendo cuando las luces se apagaron.

El joven pudo ver claramente a la persona en la ventana. Detuvo la música de su reproductor, soltó un suspiro profundo y abrió la puerta para bajar. Caminó lentamente hacia la entrada de la casa, pero una pesadez comenzaba a instalarse en su pecho. Cada paso era más difícil que el anterior; no era la nieve lo que lo frenaba. Por un momento, tuvo la sensación de que aquel hogar se hacía más grande, inclinándose sobre él. Las ventanas parecían observarlo, inmóviles, juzgándolo en silencio. El sonido a su alrededor volvió a desvanecerse. Su piel ardía. Sentía el palpitar de su corazón en todo su cuerpo, no podía seguir avanzando.

“Hermano, reacciona” la voz de su hermana llegó desde su derecha y lo ancló de golpe. Parpadeó. El peso en su pecho se disipó casi al instante. El bosque volvió a ser solo bosque, la casa recuperó su forma, y el frío regresó a su lugar en la piel.

“Te quedaste ahí parado desde que bajaste. ¿Estás bien?” insistió ella, con preocupación.

“Sí…sí, te digo que estoy bien” dijo entonces, girándose hacia el conductor “Gracias”

No recibió ninguna respuesta. A través del retrovisor se alcanzó a ver sus ojos: tensos, fijos en él, con un rastro de molestia. La puerta se cerró con un golpe seco cuando el vehículo arrancó para alejarse.

“Toma” dijo la joven, tomando la mano derecha de su hermano. “Ten cuidado, lo dejaste caer cuando bajaste.”

El joven regresó la vista a su hermana y observó lo que le entregaba; un frasco naranja con tapa blanca y unos restos de nieve. Lo giró con sus dedos para leer la etiqueta:

BRUCE J. DUNCAN Sertralina 50 mg Tomar 1 tableta vía oral dos veces al día Cant.: 90 Fecha: 02/13/2016 Recargas: 0

“Perdón…” cerró los dedos lentamente, con la extraña sensación de que el frasco comenzaba a pesar más, y lo guardó en la bolsa de su sudadera.

“Tranquilo, no estuvo mal. Solo…” la voz de su hermana se interrumpió.

Ambos volvieron la vista hacia la casa, la puerta principal ya estaba abierta. Frente a ellos estaba un hombre, sosteniendo un par de mantas. Era alto, de presencia firme, con el porte recto de quien estaba acostumbrado a no ceder espacio. Su cuerpo, aún bajo el abrigo, conservaba una complexión atlética. El cabello oscuro, perfectamente ordenado, y el bigote cuidado. Unos lentes de marco cuadrado enmarcaban unos ojos verdes, firmes, pero difíciles de leer.

“Hace más frío de lo que parece” su voz era grave, con un timbre rasposo que no necesitaba elevarse para imponerse, y aun así resultaba cálido y familiar para los oídos del muchacho.

“Pensé que habían cerrado la carretera por la nieve”. Pasó ambas mantas sobre los hermanos, cubriéndolos, y los guió hacia la casa.

SECCIÓN II

Las luces incandescentes de los focos causaron una leve molestia en los pesados ojos de Bruce, pero, tras un momento, se aclimató a la calidez del hogar. Alzó la vista hacia el techo, un poco perplejo; se sentía distinto a todo el trayecto desde la ciudad hasta la casa.

“Helen, cariño, ya llegaron los chicos” dijo la voz firme, dirigiéndose a la mujer en la cocina. “Alessandra, cierra la puerta, por favor.”

“Qué bueno, vengan para acá los tres para servirles algo caliente” respondió la mujer desde el fondo. “Ya solo cubro la carne con el puré de papa y la meto al horno”

Alessandra hizo un leve ademán de saludo a su padre y pasó junto a él para cerrar la puerta, sacudiéndose la nieve de los hombros sobre el tapete de bienvenida.

“Ven” murmuró Alessandra, tomando el brazo de Bruce con suavidad.

Lo guió hasta la barra que separaba la cocina del comedor, haciéndolo sentarse en uno de los bancos altos.

Desde ahí, el calor de la casa se sentía más intenso. El crepitar de la leña en la chimenea de la sala se mezclaba con el sonido de los utensilios y una melodía suave que llenaba el espacio: Landslide, de Fleetwood Mac. La voz tranquila de la cantante envolvía la casa en una calma ajena al exterior. Bruce no recordaba cuándo la casa había vuelto a sentirse así.

“Edward, ¿puedes traer las tazas?” pidió Helen sin girarse.

“Claro, amor”

Edward colocó cuatro tazas frente a ellos, una a una, sin dudar dónde iba cada una.

La suya era azul oscuro, con un escudo desgastado en uno de los lados. La de Helen, de un carmesí suave con detalles florales apenas visibles. Alessandra tomó una taza morada de acabado liso, casi elegante en su simpleza.

La última, blanca y sin ningún tipo de adorno, quedó frente a Bruce.

Helen sirvió el contenido de una olla pequeña de manera equitativa, liberando un aroma dulce y especiado que comenzó a llenar el ambiente.

Sus movimientos tenían una naturalidad extraña. Llevaba el cabello recogido de forma descuidada, con algunos mechones sueltos enmarcando su rostro.

Había algo en ella difícil de precisar: una ligereza en la forma en que se desplazaba, flotando entre una acción y la siguiente. Sus facciones eran delicadas, pero sostenidas por una serenidad firme, y en sus ojos -de un verde más cálido que el de Edward- brillaba una atención constante, casi instintiva, hacia ambos hermanos.

“Sidra caliente” dijo la madre, empujando la taza blanca hacia Bruce. “Te hará bien”

Alessandra rodeó la taza con ambas manos, pero no bebió de inmediato.

Bruce la sostuvo, sintiendo el calor filtrarse en sus dedos. No recordaba la última vez que había probado sidra; el aroma le resultaba reconfortante. Al primer sorbo, sintió el calor asentarse en su pecho y dispersarse lentamente. Sus ojos recuperaron firmeza… e incluso, por un instante, se sintió feliz.

“¿Cómo haces para no quemarte con eso?” preguntó la hermana entre soplidos.

“Tenía frío” respondió el hermano tras un segundo sorbo.

“Se te notaba en la cara, hijo” agregó Helen, revolviendo el cabello de Bruce y acariciando su mejilla. “Tu piel hasta agarró más color”

“Gracias, madre” contestó, mirándola a los ojos por un segundo antes de regresar su atención a la taza.

“Te dije que no les llames así” interrumpió Alessandra antes de beber.

“No pasa nada” intervino Edward. “Al final del día, somos su padre y su madre. Puede llamarnos como guste”

“¿No se te hace raro que tu hijo sea tan formal contigo?” la hija se notaba un tanto molesta.

Edward soltó una leve exhalación por la nariz, su bigote se curvó ligeramente en una sonrisa.

“He escuchado cosas peores viniendo de otros oficiales” dijo con calma.

Bruce dejó escapar una risa baja, casi involuntaria, y negó ligeramente con la cabeza.

“Perdón..” murmuró. “No pensé que fuera un problema.”

“No es un problema” respondió Helen con suavidad. “Solo…nos gustaría escucharte diferente de vez en cuándo”

Alessandra rodó los ojos, pero no insistió más.

Hubo un pequeño silencio mientras la familia disfrutaba de la sidra, acompañado por el leve sonido de la cuchara de Helen contra la taza.

“¿Cómo te fue hoy?” preguntó ella al fin, sin apartar del todo la vista de lo que hacía.

Bruce dudó, bajó la mirada hacia la taza y llevó la mano derecha a la bolsa donde guardaba su prescripción.

“Bien…creo”

Alessandra lo miró de reojo antes de intervenir.

“Le cambiaron el medicamento otra vez” dijo, con un tono más serio. “Dijeron que era mejor ajustar la dosis antes de…bueno, antes de seguir probando con otras opciones”

El movimiento de Helen se detuvo. “Ya veo…” respondió, retomando lo que hacía. “Sería mejor que para la siguiente sesión vayamos nosotros” agregó, volteando a ver a Edward, quien respondió con un leve asentimiento.

“No es necesario. Puedo encargarme yo” dijo Alessandra, con más firmeza, sosteniendo la mirada de sus padres.

Edward no dijo nada de inmediato. Su mirada pasó de la taza blanca a Bruce, quien instintivamente miró a su padre a los ojos.

“Mientras te esté ayudando” añadió finalmente, “es lo importante.”

“Sí…supongo” decidió no sacar su medicina y regresó su mano a la taza. La campana del horno sonó en ese momento.

“Bueno, eso será para discutir mañana” dijo Helen, dando por concluida la conversación. “Hoy hicimos algo especial”

Edward se colocó los guantes de cocina “Ustedes dos son de gustos sencillos como su padre, así que decidimos preparar su favorito”

“¿En serio?” los hermanos hablaron al unísono; ella con más energía que él, pero ambos inclinándose en sus asientos.

Del horno salió un refractario humeante pero con un aroma espectacular. “Shepherd’s pie” contestó el padre, colocando el platillo en la barra. “Pensamos que les gustaría”

Por un instante, el rostro de Bruce reflejó una sorpresa genuina. Agradeció no haberse encerrado en su cuarto.

“Gracias…” dijo esta vez sin pensarlo demasiado.

“Vamos, ayúdenme a poner la mesa” pidió Edward, llevando el platillo hacia el comedor.

Alessandra dio un salto de su asiento para tomar algunos utensilios, y Helen se encargó de los platos.

Bruce permaneció un segundo más en su lugar, sosteniendo la taza ya tibia entre las manos, antes de ponerse de pie para seguirlos.

SECCIÓN III

El refractario ocupaba el centro de la mesa. La capa dorada de puré humeaba y cubría la carne debajo, desprendiendo un aroma denso y reconfortante.

“Siéntense, no dejen que se enfríe” dijo Edward, tomando el asiento de la cabecera.

Alessandra se acomodó a su derecha. Helen, a la izquierda. Bruce ocupó el lugar restante, frente a su padre.

“¿Quieres que te sirva?” preguntó Helen, ya con la cuchara en mano.

“Si…gracias”

Los platos se llenaron, y la música, junto con la chimenea, volvió a ocupar el espacio entre ellos.

Cada bocado del puré, la carne junto con la salsa inglesa y las verduras sabía a gloria para Bruce. El sabor era exactamente como lo recordaba, incluso como si fuera la primera vez que lo probara.

“¿Entonces?” preguntó Edward, dirigiéndose a Alessandra “¿ha habido algún avance?”

“Seguimos haciendo recorridos rutinarios” respondió ella, bajando ligeramente la voz “Han pasado dos semanas y seguimos sin encontrarla. Las pistas no llevan a nada. Su padre está desesperado… y la jefa no ha dejado de presionar.”

Helen soltó un leve suspiro.

“Sé que suena egoísta, pero no pueden arreglar el mundo en una noche” dijo, sirviéndose un poco más de sidra. “Podrían dejar esto para mañana”

“No” respondió Edward con calma, enderezándose ligeramente. “Es algo que debemos revisar a primera hora”.

Alessandra dejó los cubiertos un segundo. “Somos pocos” añadió, con una tensión apenas contenida. “Y no todos están funcionando como deberían. Nosotros tuvimos que tomar el día, dos de ellos no saben qué hacer y los otros dos cargan con el peso de todos”

“No hablen de ella como si fuera un problema…” Bruce no levantó la mirada de su plato. Su voz era baja, pero clara. Los tres lo miraron. “Lo que sea que le haya pasado…” continuó, empujando ligeramente la comida con un el tenedor “no es su culpa”

“Nadie está diciendo eso” Alessandra frunció el ceño.

“Pero suena como si lo fuera” interrumpió Bruce, sin alzar la voz, levantando finalmente la vista hacia ellos. Hizo una pausa. “Solo…no lo hagan porque tienen que resolverlo. Háganlo porque es lo correcto”.

El silencio regresó, más pesado esta vez. Bruce bajó de nuevo la mirada.

“Porque…” añadió, casi para sí mismo “algún día podría ser cualquiera”

Nadie respondió de inmediato.

“Tienes razón en eso, hijo” dijo Edward al fin.

Helen asintió una vez, y pasó la mano sobre la de su hijo en un gesto suave. Alessandra no respondió. Su mirada permaneció fija en el plato, pero su expresión se había suavizado; la tensión en su rostro disminuyó, algo en las palabras de su hermano pareció alcanzarla.

Bruce llevó otro bocado, pero esta vez, el sabor tardó más en llegar y ya no era el mismo. Aquella pesadez regresó.

La cena continuó con conversaciones triviales en las que Bruce no tenía mucho que decir. La voces de sus padres y su hermana se convertían en murmullos distantes. Sus párpados comenzaron a caer poco a poco. Parpadeó una vez. Luego otra. Y el sonido de algo de metal golpeando la madera del suelo lo hizo incorporarse de golpe.

“Hijo, ¿estás bien?” Edward se levantó de su silla casi al instante.

“Sí…perdón” murmuró Bruce, llevándose ambas manos al rostro. “Es el sueño…”

“Ve a descansar, cariño” dijo con suavidad Helen, que ya se había puesto de pie. “Nosotros nos encargamos de limpiar todo”

“No, puedo ayudar…”

“Vamos, no seas terco” añadió Alessandra, rodeando el respaldo de su silla para acercarse a él.

Bruce, aún algo aturdido, se puso de pie con ayuda de su hermana. El mundo se sentía ligeramente inclinado. Parpadeó un par de veces y todo volvió a su lugar.

“Perdón por…” empezó a decir.

“No hay nada que disculpar” interrumpió su padre con tranquilidad. “Mañana será otro día”

Bruce asintió. Caminaron hacia la entrada: la escalera se alzaba a un costado, apenas iluminada por la luz cálida del primer piso. Subió los escalones despacio, apoyándose ligeramente en el barandal. Alessandra se mantuvo a su lado en todo momento. El pasillo del segundo piso los recibió en silencio. Tres puertas; una a la derecha que daba al cuarto de su hermana y dos a la izquierda. La más cercana a las escaleras, que estaba sobre la sala de estar, era la habitación de sus padres.

La segunda puerta a la izquierda era su cuarto. Entraron sin encender la luz. La habitación era sencilla; una cama, un clóset, un tocador con varios frascos vacíos acumulados sin orden y un teléfono olvidado, sin carga. Nada parecía realmente suyo.

Bruce dejó caer su peso sobre la cama, sin quitarse la sudadera ni los zapatos.

“Espera” dijo Alessandra desde la puerta. “Tu medicina”

Él cerró los ojos un segundo antes de volver a abrirlos. “¿Puede ser mañana?” le costaba mantenerse despierto.

“No, la necesitas. Es por tu bien, y no me voy a ir hasta que te la tomes” respondió ella, cruzándose de brazos.

“Cierto…” metió la mano en la bolsa de su sudadera y sacó el frasco. Lo abrió con torpeza, dejó caer una tableta en su palma y se la llevó a la boca sin pensarlo demasiado.

Permaneció un segundo así, con el frasco aún en la mano, antes de guardarlo de nuevo en la bolsa de la sudadera, sin siquiera considerar dejarlo en el tocador junto a los otros.

“Gracias…de verdad perdón por lo de la cena”

“Ya pasó” Alessandra se giró hacia afuera. “Ahora duerme”

“Que descanses, cielo” la voz de Helen llegó amortiguada desde el pasillo.

“Buenas noches, hijo” añadió Edward.

Bruce no respondió esta vez, sus ojos ya no lograban mantenerse abiertos. Los pasos de sus padres se alejaron hacia la escalera. Alessandra dudó un segundo antes de cerrar la puerta.

“Te quiero, hermano”

La puerta se cerró con suavidad. La habitación quedó en silencio. Bruce apenas alcanzó a acomodarse un poco sobre la cama. El cansancio lo envolvió casi de inmediato. Afuera, el viento volvió a soplar contra la casa. Dentro todo permanecía inmóvil.